viernes, 15 de mayo de 2009

El Sueño

El sueño

Cuando era niño, muy pequeño, 6 ó 7 años, soñé (puede que debido a las fobias nocturnas infantiles), que estaba en una gran habitación en semioscuridad, en la que había muchas camas con gente acostada.

No sé o no recuerdo cómo me encontré allí, lo cierto es que cada vez tenía más miedo, pues en el sueño advertí que nadie se movía, ni siquiera respiraban.

De pronto me di cuenta de que todos estaban muertos y se habían confabulado para asustarme, y lo consiguieron, prueba de ello, es que aún después de tantos años ahora lo he recordado.

Pero continuando con el sueño, cuando me vi en aquella situación, (siempre dentro del sueño) me dije: aquí lo mejor es hacerse el muerto; y así lo hice. Me acosté en una cama y me estuve lo más quieto posible, pensando que si me tomaban por uno de ellos no me harían nada.

Es posible que sin saberlo, aplicara eso de “si no puedes vencer a tu enemigo únete a él”, y al mismo tiempo tal vez consiguiera asustarlos a ellos.

Pasado un rato y continuando inmóvil, creo que verdaderamente estaba muerto, pero de miedo.

Un nuevo temor se apoderó de mí: ¿y si estando tanto rato haciéndome el muerto me moría de verdad?.

Así que sigilosamente, procurando no hacer el más mínimo ruido, casi aguantando la respiración, me levanté y me dirigí a una puerta que había al fondo de la nave, pensando que por ella podría escapar.

Todo esto en casi absoluta oscuridad, pues las camas del lado opuesto de la habitación casi no se veían.

Al llegar a la puerta que estaba entreabierta observé que había una escalera que descendía a una habitación de un nivel más bajo, probablemente un sótano, y que estaba aún más oscura; bajé unos cuantos peldaños, y al notar que mis pasos tenían eco retumbando en el interior, decidí volver a mi cama y seguir con el plan anteriormente trazado, no fuese a empeorar mi situación allí abajo.

Quiero recordar que llegué a hacer ruidos extraños para asustarlos, pero lo único que quería en aquella pesadilla, era quitarme el miedo que tenía haciéndome el valiente.

Decidí que para bien o para mal aquella situación tenía que terminar y quería un pronto desenlace.

Ignoro, cuando ni como desperté, ni cual fue el final de mi onírica aventura.

Siempre que recuerdo un sueño, procuro encontrarle, una causa, algo que pueda explicar este comportamiento de la mente subconsciente, y me convenzo de que en la mayoría de ellos, existe una vivencia, (¡no me gusta esta palabra!), ¿a quien se la habré oído?, una situación real en la que se basa la mente para luego revivirla un tanto deformada.

Unas veces, no sabe uno el por qué del argumento, pero hay similitud con algún sitio que existe en la realidad.

Otras, es al contrario, la historia tiene una base real, pero el escenario no existe.

En el sueño que he narrado, existían creo que ambas circunstancias.

Veamos:

En aquella época, años 1939/1940, vivíamos en una casa en pleno campo; una estación de ferrocarril.

Tenía un piso alto con dos grandes habitaciones, al menos a mí así me lo parecían; una planta baja con otras dos que eran salón y cocina y...¡un sótano! al que se accedía por una escalera que a mi me parecía muy inclinada y larga.

Esta especie de bodega subterránea no tenía mas entrada de luz natural que la que llegaba cuando se abría una compuerta que había en el techo del sótano, era pesada, de doble hoja de madera, reforzada con chapa de hierro, que daba al jardín, a ras del suelo.

Dichas compuertas sólo se podían abrir desde fuera, pues desde el interior era muy difícil llegar al techo.

Dicho todo esto, cambiamos totalmente de tema.

En ese año, recién terminada la guerra civil llegaron las epidemias, las bacterias se ensañaban en los cuerpos debilitados por la hambruna.

¿Cómo sería y que estaría haciendo Fleming en aquellos tiempos?

Una epidemia de tifus surgió, y la gente moría como chinches. Como chinches de ahora, las de entonces no era fácil eliminarlas.

Pero volviendo a la historia, recuerdo que había tantos enfermos en el pueblo, que las autoridades decidieron aislarlos en una casa que había en las afueras del pueblo semioculta por los árboles.

Era un gran caserón de una sola planta y forma rectangular, que estaba a medio camino entre el pueblo y la estación.

Yo ignoraba entonces que existiera aquel improvisado hospital, pues en casa tuvieron buen cuidado de ocultármelo por razones de seguridad, ya teníamos bastante con una persona contaminada en nuestra propia casa.

Un día que volvía del pueblo con uno de mis hermanos, él algo mayor que yo, cometió el error de decirme: “ahí están los enfermos, vamos a verlos”.

Con la temeridad propia de los niños y sin que nadie nos viera, nos encaramamos a una de las ventanas, y fue cuando vi aquellas filas de camas ocupadas por los enfermos.

Ya de mayor, y analizando detenidamente estos recuerdos, posiblemente, ni la casa sería tan grande, ni habría tantos enfermos, ni se moría tanta gente y que mi mente infantil todo lo amplificaba.

Lo que sí es cierto y puedo asegurar, es que hubo epidemia y que murió gente.

¿A que viene todo esto?

No creo que sea necesario explicar la similitud de lugares y hechos entre aquel sueño y la realidad.

Cualquiera que haya tenido la osadía o la paciencia de leer hasta aquí, habrá reparado en ello.

Sueño.-Habitación con camas y gente muerta
Puerta del sótano por donde quise escapar.

Realidad.- Caserón con el hospital improvisado.
Puerta y escalera del sótano de mi propia casa.

Puede que “to be continued”


















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lunes, 19 de enero de 2009

No todas son iguales

Hoy he vuelto a tomar el autobús. He tomado asiento para que nadie tenga la tentación y la (atención) de cedérmelo, pero hete aquí que una joven que va de pie en la plataforma central, me va dando con su bolso o una bolsa en las rodillas a cada movimiento de ella y del bus. Al cambiarme de postura y retirar las rodillas en la medida que mi asiento me lo permite, ella se da cuenta y recoge el bolso. Ella va recostada sobre la barra horizontal que separa la plataforma de mi asiento. No quiero pensar que de no existir esta barra ella se hubiese recostado sobre mí.
A continuación, retorciéndose y apoyando los codos sobre la citada barra, pone su pie, o mejor dicho el tacón de su zapato sobre la puntera del mío, que bien poco sobresalía del escaloncito donde está situado mi asiento. Mi pie soportaba los movimientos de su zapato, que posiblemente era el compás de alguna canción que ella tarareaba mentalmente. Muevo mi pie para evitar la molestia y el posible desgarro de mi zapato. Se vuelve cuando nota que bajo su pie se mueve algo, y me dice: perdone. Me levanté antes de llegar a mi parada, pensando que si sigo allí, a lo peor me escupe y todo, porque me dio la sensación de que ella ignoraba que allí fuesen más pasajeros además de ella. Antes de bajarme, me dieron ganas de decirle: es usted una mosca cojonera. ¿Pero lo hubiese entendido? Así que ya estoy en duda sobre qué debo hacer cuando suba a un autobús.

domingo, 18 de enero de 2009

ojoavisador

Hoy viernes 21/11/08, he vuelto a subir al autobús, pero se ve que tendré que desistir de utilizarlo.

Hoy, me ocurre otra anécdota digna de publicar, pués en comparación con mi anterior viaje, "no es oro todo lo que reluce" y si no, vean:

He tomado asiento, para que nadie tenga la tentación ( y atención) de cedérmelo