lunes, 18 de marzo de 2013

Mi vecino el perro negro

                                        
Casi a diario veo un perrito tras la reja de una ventana, él me mira, no sé si con envidia por encontrarme libre en la calle, o con simple curiosidad canina.
Nunca he tenido perro,  salvo cuando era pequeño que hubo alguno en casa, ni me gusta tener mascotas, ni los pelos que sueltan (involuntariamente) ni recoger heces en la via pública. Pero este can, por su mirada, me da la impresión de que me suplica que haga algo por liberarlo de los barrotes. Hoy me he parado a observarlo, y no debí hacerlo porque   presentí que esperaba algo más de mí. Seguí andando y, volviendo la cara, vi cómo me seguía con su triste mirada, y ahora me da por pensar que cada vez que pase, creerá que estoy en deuda con él, pues en una ocasión liberé  a un perrazo de una cuerda que llevaba al cuello y  no había forma de quitármelo de encima, me seguía como mi sombra. ¿Debí adoptarlo?  ¡¡Pero si era un perro así de alto!!  No podría dedicarle tiempo.

¿Por qué no sacan a este perro a la calle? O tal vez sí, lo sacan y es más exigente de lo que aparenta. De todas formas ¿Qué puedo hacer? ¿Llamar en la ventana y exponerme a  que me digan entrometido o algo más…?  Me pregunto: ¿Hará este perrito que en lo sucesivo tenga yo que circular por la acera de enfrente poniendo en práctica aquello de ojos que no ven, corazón… La verdad es que su mirada triste y profunda y su ceño suplicante esta mañana, me han hecho pensar en la responsabilidad de tener un animal en casa.
A lo mejor es feliz, y todo son figuraciones mías.