lunes, 19 de enero de 2009

No todas son iguales

Hoy he vuelto a tomar el autobús. He tomado asiento para que nadie tenga la tentación y la (atención) de cedérmelo, pero hete aquí que una joven que va de pie en la plataforma central, me va dando con su bolso o una bolsa en las rodillas a cada movimiento de ella y del bus. Al cambiarme de postura y retirar las rodillas en la medida que mi asiento me lo permite, ella se da cuenta y recoge el bolso. Ella va recostada sobre la barra horizontal que separa la plataforma de mi asiento. No quiero pensar que de no existir esta barra ella se hubiese recostado sobre mí.
A continuación, retorciéndose y apoyando los codos sobre la citada barra, pone su pie, o mejor dicho el tacón de su zapato sobre la puntera del mío, que bien poco sobresalía del escaloncito donde está situado mi asiento. Mi pie soportaba los movimientos de su zapato, que posiblemente era el compás de alguna canción que ella tarareaba mentalmente. Muevo mi pie para evitar la molestia y el posible desgarro de mi zapato. Se vuelve cuando nota que bajo su pie se mueve algo, y me dice: perdone. Me levanté antes de llegar a mi parada, pensando que si sigo allí, a lo peor me escupe y todo, porque me dio la sensación de que ella ignoraba que allí fuesen más pasajeros además de ella. Antes de bajarme, me dieron ganas de decirle: es usted una mosca cojonera. ¿Pero lo hubiese entendido? Así que ya estoy en duda sobre qué debo hacer cuando suba a un autobús.