Váyase Sr. López.!
Este señor, parece que no le importa que en el transcurso de su mandato se hayan producido en su pais 250.000 asesinatos y que el 70 % de la población indígena a la que tanto daño según él hicimos, vive en la pobreza absoluta.El expresidente de México, exije que el rey de España pida disculpas por las tropélias que los españoles cometimos en su tierra hace más de 500 años.Nosotros los españoles nos vinimos o nos echaron, de allí, pero él se quedó con sus antepasados.Esto es aplicable a doña Claudia Shieinbaum Pardo que es su sucesora, y se ocupen mas del bien de los mejicanos y no de tantas chorradas, para distraer la atención de lo mal que gobiernan.Así que don Andrés López, que sea usted el que pida disculpas a los indigenas, y váyase de México que es usted un un invasor.P/D y las disculpas se las pide en su lengua nativa, y no en español que es el que usted habla.
jueves, 10 de octubre de 2024
Váyase Sr. López.!
miércoles, 25 de septiembre de 2024
El
pájaro
Aquel niño de ocho o nueve años observaba con atención desde su ventana cómo
un pájaro entraba en un hueco que había en un talud, al otro lado
de las vías del tren. Era una pared de tierra casi vertical donde habían nacido algunas hierbas.
El niño esperó a ver salir al pájaro, pero no salía.
Pensó que el ave tuviese allí
su nido, que incluso tendría huevos que estaba incubando y salía solo para alimentarse.
No era un pájaro corriente como los gorriones
que anidan en los árboles o en los tejados, ni un jilguero, que el nido lo
hacen en árboles o arbustos. Era un pájaro de plumaje más llamativo.
Una de las veces en que vio cómo
el pájaro entraba en el agujero, el niño pensó que podría cogerlo y meterlo en
una jaula que tenía.
Se acercó muy despacio para no
hacer ruido, y se encaramó en unos salientes que había en el terraplén donde
estaba el orificio, una especie de
cornisa que casi no se sostenía. Fue deslizando un pie tras otro, procurando en
lo posible no rozar la ropa sobre la
pared de tierra, pues era consciente de que cualquier vibración el pájaro la
notaría.
Con el brazo derecho extendido
y la mano abierta, muy despacio, lentamente, se fue acercando al objetivo, y
cuando su mano estaba a escasos centímetros del orificio, con un rápido movimiento
lo tapó.
Sintió como aquella avecilla
privada de luz, revoloteaba empujando la mano hacia el exterior en un vano intento de escabullirse.
No se decidía el improvisado
cazador a cerrar la mano, por si dejaba algún resquicio por donde pudiera escapar
el pájaro. Aguantó lo que a él le pareció un rato, sin dejar de notar el aleteo
sobre la palma de su mano.
Algo cansado de la incómoda
postura, cerró la mano y comprobó que tenía a la pequeña ave en su poder.
Dio un salto al suelo llano,
satisfecho de su proeza. Se miró la mano y allí estaba el pájaro con solo la
cabeza fuera del puño y moviéndola tratando de evadirse.
Notaba la fuerza que hacía el
animal tratando de mover las alas para
liberarse.
Se imaginó al pajarillo en su
jaula revoloteando y dándose golpes contra los barrotes queriendo escapar. Miró
varias veces la pequeña cabeza con el pico del animalillo en movimiento
desesperado por salir de su improvisada prisión.
Poco a poco, aquel chiquillo
fue pasando de la alegría de haber atrapado él solo al pájaro y sentirse
satisfecho y contento, a tener lástima y
un sentimiento de culpabilidad.
Su euforia se fue diluyendo a medida que
notaba en su mano los movimientos inútiles del pájaro. El niño libraba una
lucha interior entre su deseo de tener al pájaro y por otro lado sentirse
malvado.
Abrió la mano, y por una
fracción de segundo el pajarillo se quedó quieto como si no esperase verse
libre, pero no tardó en salir volando y elevarse en el espacio como queriendo
alejarse lo más posible de su captor.
El niño respiró hondo, y con
un profundo suspiro vio cómo el ave se perdía de vista en el cielo.
Volvió andando despacio a su
casa, con una tranquilidad de espíritu como nunca había sentido, y pensando que
soltar al pájaro en contra de su deseo de tenerlo, eso sí era una proeza.
Y es que a veces resulta grato renunciar a un
deseo.
