miércoles, 25 de septiembre de 2024


 

El pájaro

 

Aquel niño de ocho o nueve  años observaba con atención desde su ventana cómo un pájaro  entraba en  un hueco que había en un talud, al otro lado de las vías del tren. Era una pared de tierra  casi vertical donde habían nacido algunas hierbas.

El niño esperó a ver  salir al pájaro, pero no salía.

Pensó que el ave tuviese allí su nido, que incluso tendría huevos que estaba incubando y  salía solo para alimentarse.

 No era un pájaro corriente como los gorriones que anidan en los árboles o en los tejados, ni un jilguero, que el nido lo hacen en árboles o arbustos. Era un pájaro de plumaje más llamativo.

Una de las veces en que vio cómo el pájaro entraba en el agujero, el niño pensó que podría cogerlo y meterlo en una jaula que tenía.

Se acercó muy despacio para no hacer ruido, y se encaramó en unos salientes que había en el terraplén donde estaba  el orificio, una especie de cornisa que casi no se sostenía. Fue deslizando un pie tras otro, procurando en lo posible no rozar la ropa sobre  la pared de tierra, pues era consciente de que cualquier vibración el pájaro la notaría.

Con el brazo derecho extendido y la mano abierta, muy despacio, lentamente, se fue acercando al objetivo, y cuando su mano estaba a escasos centímetros del orificio, con un rápido movimiento lo tapó.

Sintió como aquella avecilla privada de luz, revoloteaba empujando la mano hacia el  exterior en un vano intento de escabullirse.

No se decidía el improvisado cazador a cerrar la mano, por si dejaba algún resquicio por donde pudiera escapar el pájaro. Aguantó lo que a él le pareció un rato, sin dejar de notar el aleteo sobre la palma de su mano.

Algo cansado de la incómoda postura, cerró la mano y comprobó que tenía a la pequeña ave en su poder.

Dio un salto al suelo llano, satisfecho de su proeza. Se miró la mano y allí estaba el pájaro con solo la cabeza fuera del puño y moviéndola tratando de evadirse.

Notaba la fuerza que hacía el animal tratando de mover las alas para  liberarse.

Se imaginó al pajarillo en su jaula revoloteando y dándose golpes contra los barrotes queriendo escapar. Miró varias veces la pequeña cabeza con el pico del animalillo en movimiento desesperado por salir de su improvisada prisión.

Poco a poco, aquel chiquillo fue pasando de la alegría de haber atrapado él solo al pájaro y sentirse satisfecho y contento, a tener lástima y  un sentimiento de culpabilidad.

 Su euforia se fue diluyendo a medida que notaba en su mano los movimientos inútiles del pájaro. El niño libraba una lucha interior entre su deseo de tener al pájaro y por otro lado sentirse malvado.

Abrió la mano, y por una fracción de segundo el pajarillo se quedó quieto como si no esperase verse libre, pero no tardó en salir volando y elevarse en el espacio como queriendo alejarse lo más posible de su captor.

El niño respiró hondo, y con un profundo suspiro vio cómo el ave se perdía de vista en el cielo.

Volvió andando despacio a su casa, con una tranquilidad de espíritu como nunca había sentido, y pensando que soltar al pájaro en contra de su deseo de tenerlo, eso sí era una proeza.

     Y es que a veces resulta grato renunciar a un deseo.