Veni, vidi, vinci.
Yo: llegué, me vió y me revolcó
Muy diligente llegué a la playa, había olas respetables pero no tanto.
Confiado en mi experiencia natatoria traté de zambullirme en el agua como siempre hago. Procurando primero, mojarme los brazos y el torso, entrando poco a poco para no tener mucha impresión, pues a mi edad es lo más prudente; pero cuando el agua me llegaba a las rodillas, vino una ola traicionera más grande y más gorda que las demás.
Se regodeó conmigo, primero me socavó la arena bajo mis pies, luego rompió en el mismo instante en que me incliné para echarme agua con las manos. Como un experimentado púgil, me largó un “crochet” y cuando caía me endiñó un “uppercut” revolcándome y sacándome el bañador, yo trataba por todos los medios que no me lo quitara pues me lo sujetaba con una mano pero con la otra trataba de incorporarme.
Como las olas se sucedían sin tregua, a duras penas conseguí entrar en agua más profunda donde pudiera nadar y subirme el bañador. ¿Y que pasó?, pues que me era casi imposible.
El elástico de la cintura era insuficiente para sujetármelo, pesaba como el plomo. Entonces traté de apretarme el cordón que con una lazada lo ajusta más al cuerpo.
Me percaté de que el forro-braga interior de malla, estaba lleno de arena y pesaba lo suyo (o lo mío), por mucho que trataba de agarrar el cordón que rodea la cintura, para apretarlo no daba con él, solo sentía que me dejaba el trasero al aire, o mejor dicho al agua.
Como pude, sorteando las olas pude bajo del agua desalojar parte de la arena que inundaba el pantalón por dentro, así y todo logré salir del agua mirando de reojo y abochornado a la gente que había visto mi batalla y mi culo en lucha con las malvadas olas.
No se si aguantaban la risa o estaban perplejas, digo perplejas porque la mayoría eran mujeres.
Fugazmente pensé en una señora gruesa que estaba más cerca del agua y dudaba, si durante el fragor de la lucha había estado contando del uno al diez a ver cuanto aguantaba yo en el imaginario cuadrilátero de la playa.
Lo que me tranquilizó un poco, (al menos lo que me dio tiempo a ver) era que nadie tenía la mano tapándose la boca para aguantar la risa, estaban más bien incrédulos.
Me puse las gafas y el sombrero y salí por el foro, me hubiese gustado salir por el Faro que estaba más lejos. Me metí bajo una ducha y entonces averigüé el por qué aún me pesaba tanto el bañador o pantalón de deporte y sentía unos golpecitos en las piernas por detrás cuando caminaba: eran los bolsillos llenos a rebosar de arena y lo peor es que pude constatar que me había puesto el bañador al revés, lo de atrás para alante, y claro por eso no conseguía asir o trincar el cordón de la cintura durante la batalla.
Me fui a un lugar apartado y liándome la toalla me quité el bañador, cuando vacié los bolsillos soltaron una “almorzá” de arena que junto a la que aún tenia el pololo justificaba el lastre que me tiraba del calzón.
viernes, 13 de agosto de 2010
lunes, 19 de abril de 2010
Cuanto más viejo más pellejo
Cuando todavia trabajaba, aún siendo ya mayor, atendía en mi puesto a personas de todas las edades, pero cuando llegaban personas mayores ya jubilados, observé (no siempre), que trataban de hablar más de lo normal haciendo algún comentario prolongando así la conversación,
probablemente pensaba yo, debido a no tener prisa al disponer de mucho tiempo.
Pues bien ahora que soy uno de ellos desde hace tiempo, y aunque procuro que no me sobre éste, observo que yo padezco el mismo defecto, lo llamaría S.A.I. o sea: síndrome del Abuelo Impertinente y al ser consciente de ello como no ponga cuidado, siempre me doy " cuen" cuando se me ha desatado la verborrea. Así que en lo sucesivo procuraré en lo posible contener mi S.A.I.
probablemente pensaba yo, debido a no tener prisa al disponer de mucho tiempo.
Pues bien ahora que soy uno de ellos desde hace tiempo, y aunque procuro que no me sobre éste, observo que yo padezco el mismo defecto, lo llamaría S.A.I. o sea: síndrome del Abuelo Impertinente y al ser consciente de ello como no ponga cuidado, siempre me doy " cuen" cuando se me ha desatado la verborrea. Así que en lo sucesivo procuraré en lo posible contener mi S.A.I.
miércoles, 24 de marzo de 2010
La luz
La luz
No sabía que hacer, si seguir en la misma dirección o volver sobre mis pasos y desandar el camino.
Hacía unos veinticinco minutos que había salido en dirección a mi casa, pues serían las once y media y ya era casi media noche.
En aquel tiempo, creo que por 1949, las calles estaban mal iluminadas y cuando se salía a las afueras los caminos estaban totalmente a oscuras.
Eso sí, en las noches claras solo con la luz de las estrellas era un placer andar por los arrabales, y no digamos si además lucía la luna aunque no estuviese llena.
Pero volviendo al principio, dar media vuelta y alejarme de allí suponía andar varios kilómetros para tomar un camino alternativo, si no quería pasar por la puerta del cementerio, y no solo por la puerta, sino andar un buen trecho junto a las tapias del mismo, que era por donde discurría el camino.
Así que en principio me volví, pero mi dignidad y la lógica, me hicieron detenerme. Además, pensé en la preocupación que iban a tener en casa por la tardanza, si daba tanto rodeo.
¡Y la curiosidad!, aunque reconozco que tenía miedo no podía irme con la incertidumbre de lo que verdaderamente ocurría. Incluso llegué a pensar que alguien quería gastarme una broma, al ver a un zagalón solo a aquellas horas por aquel camino.
Inicié de nuevo el camino y seguí viendo la luz que se apagaba y encendía en la ventana de la izquierda de las cuatro que tenía en el piso superior la casa que entonces, servía de depósito de cadáveres, sala de duelos y creo que vivienda del conserje, en aquel entonces sepulturero.
Continué avanzando con dos piedras, una en cada mano y el cuerpo lleno de miedo.
La luz dejó de verse en la ventana y la habitación quedó a oscuras. Seguí andando y la luz volvió a encenderse por un momento y se apagó, pero en esta ocasión el “fenómeno” se produjo en la ventana contigua, en la de al lado, y siguió con la misma cadencia, un instante encendida y varios segundos a oscuras.
Me paré aún dudando si continuaba en la misma dirección; le eché valor y seguí, pude comprobar que lo mismo sucedía en la tercera y también en la cuarta y última ventana. La luz pasaba de una a otra.
Escudriñando en la casi total oscuridad de la noche, pude distinguir la puerta de entrada al cementerio. Era una gran cancela de hierro formando arco, yo la conocía de haberla visto a la luz del día.
Las ventanas dejaron de iluminarse, pero noté como se me erizaban los pelos, posiblemente el instinto ancestral del animal entró en funcionamiento y el nervio horripilador que posee cada cabello del cuerpo, se contrajo para cumplir su función.
Dicha esta solemne chorrada, pude ver delante de la puerta y sobre alguna mesa o soporte horizontal, un cuerpo inmóvil con vestidura clara, pues destacaba sobre el fondo oscuro del interior del cementerio, que dejaba entrever la cancela.
Me pregunté: ¿me habrán puesto un muerto ahí delante en vista de que no han conseguido que me volviese dándome patadas en el trasero?
Ya era tarde para rectificar, tenía que seguir mi camino, y seguí.
Pasé a pocos metros del imaginado cadáver, y continué junto a la tapia del cementerio, más tranquilo porque ya sabía de qué se trataba, no obstante no dejaba de mirar de reojo hacia arriba de la tapia temiendo que en cualquier momento se asomase alguien o algo para darme el susto.
Andado un buen trecho, volví la vista y vi como se iba quedando atrás el cementerio. Fue cuando respiré tranquilo.
En días sucesivos que tenía que hacer el mismo recorrido, me felicitaba por haber continuado cuando más miedo tenía.
El hacer ese mismo itinerario, suponía llegar a mi casa como mínimo veinte minutos o media hora antes que si hacía la ruta habitual que antes cité como camino alternativo.
Realidad
Si respiré tranquilo, fue porque pude constatar durante mi marcha pegado a la tapia del cementerio, que la misteriosa luz cambiante la producía el potente haz de luz que emitía el faro del puerto, conocido popularmente como La Farola.
Me percaté de ello, al ver mi propia sombra a intervalos proyectada sobre la blanca pared de la tapia, tres destellos seguidos, una pausa y un destello aislado, era el ciclo completo.
Hasta ahí todo lógico, pero ¿por qué la luz se veía en las ventanas, saltando de una a otra?. ¿y el muerto, que pintaba allí aquel cuerpo?. Mañana lo averiguaré., me dije.
Al día siguiente hacia la media noche enfilé el mismo camino dispuesto a averiguar en su totalidad el enigma.
Más tranquilo que la noche anterior, pero con recelo llegué al punto del camino desde donde se veía a lo lejos el cementerio con su edificio y sus ventanas, pero en éstas no se observaba nada anormal, continué andando sin apartar la vista de la casa, y aunque llevaba el ánimo hecho y me lo esperaba, no pude evitar el sobresalto cuando se iluminó la ventana de la izquierda.
Sin detenerme, como la noche anterior se apagó la luz y como esperaba se encendió en la ventana siguiente, miré hacia atrás y pude ver como el haz de luz de “La Farola” barría en circulo iluminando por instantes los árboles, montículos y otras casas que había a lo lejos. Intuía lo que pudiera ocurrir pero no estaba seguro y debía continuar andando.
A medida que avanzaba por el camino, como estaba previsto la luz se apagaba en una ventana y se encendía en la siguiente. Con decisión y un tanto asustado aligeré el paso para tardar meno en llegar a la misma fachada del edificio, me di cuenta que la luz saltaba de una a otra ventana en proporción a la velocidad de mi paso.
Cuando estuve muy cerca descubrí que las ventanas tenían los postigos cerrados y era la propia luz del faro reflejada en los cristales la que daba la falsa impresión de que las habitaciones se iluminasen vistas desde cierta distancia.
¿El motivo del desplazamiento de la luz?, elemental, el camino hacía curva y a medida que me acercaba variaba el ángulo de reflexión entre las ventanas y yo.
El presunto muerto, no estaba aquella noche, pero no recuerdo si a la siguiente o varias noches después me demostré a mí mismo que nadie trataba de asustarme, pues resultó ser el conserje o alguien de la casa que para estar más fresco se acostaba sobre un catre en la explanada
No sabía que hacer, si seguir en la misma dirección o volver sobre mis pasos y desandar el camino.
Hacía unos veinticinco minutos que había salido en dirección a mi casa, pues serían las once y media y ya era casi media noche.
En aquel tiempo, creo que por 1949, las calles estaban mal iluminadas y cuando se salía a las afueras los caminos estaban totalmente a oscuras.
Eso sí, en las noches claras solo con la luz de las estrellas era un placer andar por los arrabales, y no digamos si además lucía la luna aunque no estuviese llena.
Pero volviendo al principio, dar media vuelta y alejarme de allí suponía andar varios kilómetros para tomar un camino alternativo, si no quería pasar por la puerta del cementerio, y no solo por la puerta, sino andar un buen trecho junto a las tapias del mismo, que era por donde discurría el camino.
Así que en principio me volví, pero mi dignidad y la lógica, me hicieron detenerme. Además, pensé en la preocupación que iban a tener en casa por la tardanza, si daba tanto rodeo.
¡Y la curiosidad!, aunque reconozco que tenía miedo no podía irme con la incertidumbre de lo que verdaderamente ocurría. Incluso llegué a pensar que alguien quería gastarme una broma, al ver a un zagalón solo a aquellas horas por aquel camino.
Inicié de nuevo el camino y seguí viendo la luz que se apagaba y encendía en la ventana de la izquierda de las cuatro que tenía en el piso superior la casa que entonces, servía de depósito de cadáveres, sala de duelos y creo que vivienda del conserje, en aquel entonces sepulturero.
Continué avanzando con dos piedras, una en cada mano y el cuerpo lleno de miedo.
La luz dejó de verse en la ventana y la habitación quedó a oscuras. Seguí andando y la luz volvió a encenderse por un momento y se apagó, pero en esta ocasión el “fenómeno” se produjo en la ventana contigua, en la de al lado, y siguió con la misma cadencia, un instante encendida y varios segundos a oscuras.
Me paré aún dudando si continuaba en la misma dirección; le eché valor y seguí, pude comprobar que lo mismo sucedía en la tercera y también en la cuarta y última ventana. La luz pasaba de una a otra.
Escudriñando en la casi total oscuridad de la noche, pude distinguir la puerta de entrada al cementerio. Era una gran cancela de hierro formando arco, yo la conocía de haberla visto a la luz del día.
Las ventanas dejaron de iluminarse, pero noté como se me erizaban los pelos, posiblemente el instinto ancestral del animal entró en funcionamiento y el nervio horripilador que posee cada cabello del cuerpo, se contrajo para cumplir su función.
Dicha esta solemne chorrada, pude ver delante de la puerta y sobre alguna mesa o soporte horizontal, un cuerpo inmóvil con vestidura clara, pues destacaba sobre el fondo oscuro del interior del cementerio, que dejaba entrever la cancela.
Me pregunté: ¿me habrán puesto un muerto ahí delante en vista de que no han conseguido que me volviese dándome patadas en el trasero?
Ya era tarde para rectificar, tenía que seguir mi camino, y seguí.
Pasé a pocos metros del imaginado cadáver, y continué junto a la tapia del cementerio, más tranquilo porque ya sabía de qué se trataba, no obstante no dejaba de mirar de reojo hacia arriba de la tapia temiendo que en cualquier momento se asomase alguien o algo para darme el susto.
Andado un buen trecho, volví la vista y vi como se iba quedando atrás el cementerio. Fue cuando respiré tranquilo.
En días sucesivos que tenía que hacer el mismo recorrido, me felicitaba por haber continuado cuando más miedo tenía.
El hacer ese mismo itinerario, suponía llegar a mi casa como mínimo veinte minutos o media hora antes que si hacía la ruta habitual que antes cité como camino alternativo.
Realidad
Si respiré tranquilo, fue porque pude constatar durante mi marcha pegado a la tapia del cementerio, que la misteriosa luz cambiante la producía el potente haz de luz que emitía el faro del puerto, conocido popularmente como La Farola.
Me percaté de ello, al ver mi propia sombra a intervalos proyectada sobre la blanca pared de la tapia, tres destellos seguidos, una pausa y un destello aislado, era el ciclo completo.
Hasta ahí todo lógico, pero ¿por qué la luz se veía en las ventanas, saltando de una a otra?. ¿y el muerto, que pintaba allí aquel cuerpo?. Mañana lo averiguaré., me dije.
Al día siguiente hacia la media noche enfilé el mismo camino dispuesto a averiguar en su totalidad el enigma.
Más tranquilo que la noche anterior, pero con recelo llegué al punto del camino desde donde se veía a lo lejos el cementerio con su edificio y sus ventanas, pero en éstas no se observaba nada anormal, continué andando sin apartar la vista de la casa, y aunque llevaba el ánimo hecho y me lo esperaba, no pude evitar el sobresalto cuando se iluminó la ventana de la izquierda.
Sin detenerme, como la noche anterior se apagó la luz y como esperaba se encendió en la ventana siguiente, miré hacia atrás y pude ver como el haz de luz de “La Farola” barría en circulo iluminando por instantes los árboles, montículos y otras casas que había a lo lejos. Intuía lo que pudiera ocurrir pero no estaba seguro y debía continuar andando.
A medida que avanzaba por el camino, como estaba previsto la luz se apagaba en una ventana y se encendía en la siguiente. Con decisión y un tanto asustado aligeré el paso para tardar meno en llegar a la misma fachada del edificio, me di cuenta que la luz saltaba de una a otra ventana en proporción a la velocidad de mi paso.
Cuando estuve muy cerca descubrí que las ventanas tenían los postigos cerrados y era la propia luz del faro reflejada en los cristales la que daba la falsa impresión de que las habitaciones se iluminasen vistas desde cierta distancia.
¿El motivo del desplazamiento de la luz?, elemental, el camino hacía curva y a medida que me acercaba variaba el ángulo de reflexión entre las ventanas y yo.
El presunto muerto, no estaba aquella noche, pero no recuerdo si a la siguiente o varias noches después me demostré a mí mismo que nadie trataba de asustarme, pues resultó ser el conserje o alguien de la casa que para estar más fresco se acostaba sobre un catre en la explanada
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