viernes, 13 de agosto de 2010

En la Playa

Veni, vidi, vinci.

Yo: llegué, me vió y me revolcó


Muy diligente llegué a la playa, había olas respetables pero no tanto.
Confiado en mi experiencia natatoria traté de zambullirme en el agua como siempre hago. Procurando primero, mojarme los brazos y el torso, entrando poco a poco para no tener mucha impresión, pues a mi edad es lo más prudente; pero cuando el agua me llegaba a las rodillas, vino una ola traicionera más grande y más gorda que las demás.
Se regodeó conmigo, primero me socavó la arena bajo mis pies, luego rompió en el mismo instante en que me incliné para echarme agua con las manos. Como un experimentado púgil, me largó un “crochet” y cuando caía me endiñó un “uppercut” revolcándome y sacándome el bañador, yo trataba por todos los medios que no me lo quitara pues me lo sujetaba con una mano pero con la otra trataba de incorporarme.
Como las olas se sucedían sin tregua, a duras penas conseguí entrar en agua más profunda donde pudiera nadar y subirme el bañador. ¿Y que pasó?, pues que me era casi imposible.
El elástico de la cintura era insuficiente para sujetármelo, pesaba como el plomo. Entonces traté de apretarme el cordón que con una lazada lo ajusta más al cuerpo.

Me percaté de que el forro-braga interior de malla, estaba lleno de arena y pesaba lo suyo (o lo mío), por mucho que trataba de agarrar el cordón que rodea la cintura, para apretarlo no daba con él, solo sentía que me dejaba el trasero al aire, o mejor dicho al agua.
Como pude, sorteando las olas pude bajo del agua desalojar parte de la arena que inundaba el pantalón por dentro, así y todo logré salir del agua mirando de reojo y abochornado a la gente que había visto mi batalla y mi culo en lucha con las malvadas olas.
No se si aguantaban la risa o estaban perplejas, digo perplejas porque la mayoría eran mujeres.
Fugazmente pensé en una señora gruesa que estaba más cerca del agua y dudaba, si durante el fragor de la lucha había estado contando del uno al diez a ver cuanto aguantaba yo en el imaginario cuadrilátero de la playa.

Lo que me tranquilizó un poco, (al menos lo que me dio tiempo a ver) era que nadie tenía la mano tapándose la boca para aguantar la risa, estaban más bien incrédulos.

Me puse las gafas y el sombrero y salí por el foro, me hubiese gustado salir por el Faro que estaba más lejos. Me metí bajo una ducha y entonces averigüé el por qué aún me pesaba tanto el bañador o pantalón de deporte y sentía unos golpecitos en las piernas por detrás cuando caminaba: eran los bolsillos llenos a rebosar de arena y lo peor es que pude constatar que me había puesto el bañador al revés, lo de atrás para alante, y claro por eso no conseguía asir o trincar el cordón de la cintura durante la batalla.
Me fui a un lugar apartado y liándome la toalla me quité el bañador, cuando vacié los bolsillos soltaron una “almorzá” de arena que junto a la que aún tenia el pololo justificaba el lastre que me tiraba del calzón.

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